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Érase una vez: Una Abogada Enloquecida... Aparentemente

Casco de Pigkua, la cerdita oceánica

Pigkua, la brillante abogada graduada con honores de la “universidad para gente con ingresos tan altos como su ego”, despertó de su cómoda cama de un brinco.

- ¡Hoy es el último día de mi vieja vida! ¡Ju ja ji ja ju jaaaa! -

Estaba feliz. Había decidido dejar de mentirse a si misma y seguir sus sueños … Y para comenzar los nuevos sueños… ¡Debes acabar con todo el pasado! ¡Aquello que te ata para ser libre!

Así que, como ella era un cerdita brillante, hizo lo que la gente lista hace cuando tiene demasiadas cosas que hacer y muy poco tiempo mientras estiraba una pequeña hoja de papel... ¡Una lista! Para evitar que se le olviden las cosas.

- Muy bien, muy bien. – Apenas cabía en si mientras comenzaba a garabatear apresuradamente. - Comenzaremos por una llamada telefónica, luego con una visita al tribunal y para finalizar… ¡A la caridad! ¡Para poder regalar todos los millones que he juntado y que están juntando polvo! –

Escribía como un rayo en aquella hojita de papel no más grande que la palma de su mano.

- ¡Esto será divertido! ¡Ji ji ji ji ji ji! – Al terminar, guardó el papel más importante de su vida en su bolsillo.

Cumplió con su promesa, y ocupando el teléfono público de la esquina de la cuadra, llamó a sus padres, (los cuales se encontraban en una lujosas vacaciones en Latalia).

- ¿Hola? ¿Mami, papi? – Preguntó ella por el auricular.

- ¡Pigkua, querida! ¿Cómo estás? ¿Has juntado mucho millones más con tu profesión desde la última vez que nos hablamos? – Preguntó su madre por el parlante.

- Así se habla, hijita querida. ¡Ahora vamos a jugar bolos con fajos de dinero! – Respondió su madre con aprobación, e ignorando el tema en si.

- Si… Sobre eso… - Dijo tímidamente.

- ¡Odio mi trabajo con toda mi alma! Han-sido-los-6-años-más-desperdiciados-de-mi-vida… Se que me inscribiste en abogacía por amor… ¡Pero la odio! Te seré honesta, ¿qué más puedo decir? ¡Me voy a cumplir mi sueño cueste lo que cueste! ¡Un beso y un saludo a ti y a papi! – Dijo ella sacando cada palabra desde lo más profundo de su renovado corazón. Era como una trompeta atrapada durante muuuucho tiempo, lista para dar una sonata abrupta (que resultó en un huracán al otro lado del teléfono).

- ¡Alto! ¡No puedes… – Intentó replicar su madre, al tiempo que Pigkua cortaba la llamada abruptamente.

- ¡Eso fue divertidísimo!… Y liberador... Me pregunto si en algún momento les importaron mis gustos… ¿Qué sigue en la lista? – Ella tachó con un triunfante ademán la llamada y vio el siguiente punto.

El sol brillaba sobre la gris escalinata de piedra que llevaba al “Justo juzgado que juzga al que juzga juzgando lo juzgablemente juzgable”; o como Pigkua le llamaba ahora, el edificio de peor gusto arquitectónico en el que había tenido que trabajar. Con ojos enfocados y determinados, vestida con el traje de abogada más caro que logró encontrar en su armario y una linda corbatita rosada, se adentró en aquel aburrido edificio para poder asistir a su último caso.

- ¡¡¡Comienza la sesión!!! – Exclamó el juez con su blanca peluca empolvada, martillando una vez sobre el estrado. – Nuestro bonito estado de bienestar... Contra… ¡ÉL! -

El juez señaló con el martillo a un cerdo con su cabeza atorada en un frasco de galletas vacío.

El acusado emitió unos murmullos ininteligibles. El otro cerdo a su lado lo escuchó con etención, y como si fuera un interprete, indicó:

- Em… Sé que se ve mal… Pero… Puede ser peor… Palabras suyas. – El cerdo del frasco se encogió de hombros, mientras miraba bizcamente.

¡¡BLAM!!

- ¡¡¡Disculpen la tardanza!!! ¡¡¡El tráfico estaba horripilante!!! –

Pigkua pateó la entrada al salón sin asco, y caminó hacia el estrado.

- Ah, abogada Pigkua… ¡Gran entrada!… Su cliente espera. – Indicó el juez, señalando nuevamente con su martillo, ahora a un cerdo con peluca rizada que no dejaba de quejarse del otro lado de la habitación.

- ¡¡Cómo puede llegar a esta hora!! ¡Qué acaso no sabe que el tiempo es oro! ¡Y el oro es valioso! ¡Valiosísimamente valioso! ¡Como mi tiempo! ¡Como el tiempo que me tomó hornear esas galletas! ¡Galletas que ahora no poseo! ¡Galletas que ahora solo yacen en mis tristes recuerdos de mi enfadado subconsciente! ¡Galletas que están perdidas para siempre de mis papilas gustativas! ¡Galletas que se comió ese puerco! – El pequeño Grodo se quejaba como si para sus galletas no hubiese existido un mañana.

El cerdo del frasco musitó nuevamente sonidos ininteligibles, que su compañero tradujo con la fiabilidad de un pupnde comerciante.

- Error… Querrás decir… “Galletas que no se comió ese puerco”… Palabras suyas. –

- ¡¡¡MENTIRAS!!! ¡Mentiras! ¿Logra ver sus mentiras? ¡Son claras mentiras! ¡Clarísimas como el cabello original y rizado que el presente posee! ¡Quiero justicia, juez! ¡La quiero comestible y tragable!¡Y la quiero bien horneada! – Exigió una vez más Grodo, quejándose como sus galletas lo hubieran hecho.

- Jum, jum, jum… - Murmuró Pigkua paseándose por la sala, cambiando su mirada de uno a otro personaje, sonriendo como si todo fuera un pésimo chiste a punto de ser develado. - He estado considerando y estudiando este caso muy profundamente, Sr. Juez. Y después de unas conclusiones apresuradas y poco fundamentadas… ¡He encontrado al culpable del caso! -

Todo el salón guardó silencio, incluso Grodo (algo insólito); luego hubo una exclamasión al unísono de asombro (señalizada por un cartel de neón); y por último otro silencio ante la duda (interrumpido por algunos parpadeos del cartel de neón).

- ¡Perfecto! Así podré ir a mi casa temprano a ver la lucha libre de pupsies… ¿Quién es, abogada Pigkua? – Preguntó el juez, dejándose caer sobre su mullido asiento, observando con bizquedad hacia el vacío.

- ¡Usted! - La abogada señaló descaradamente al juez, quien salió de su violenta ensoñación de pupsies en batalla de gladiadores, para aterrizar de sopetón en la fría y dolorosa realidad. – ¡Usted se comió las galletas! -

El letrero cambió, y una expresión de asombro fue proferida por el público.

- Jamás… Lo hubiese… Sospechado… - Dijo el cerdo que hacía de intérprete, tras unas confusas declaraciones del cerdo del frasco. - ¡Creí que era mi cliente! -

Los cerdos de seguridad rodearon al juez, quien sudaba como si fuese asado al carbón con papitas.

- ¡Jamás me atraparán con vida! – Exclamó el ahora ex-juez, escapando por una ventana y utilizando un paracaídas para llegar a la acera (que también lo recibió como si estuviera hecha de algodón de relleno sintético).

Aquel ex-juez rebotó y corrió por su libertad después de efectuar una bien ensayada voltereta y perdiéndose de vista en el horizonte… Fue atrapado por sus crímenes… Eventualmente…

- ¡Ju ja ji ja ji ju ja ji ja jua! ¡Siempre dije que ese juez caería en la justicia! – Reía Pigkua a carcajadas mientras se quitaba su corbata rosa y la arrojaba al cesto de reciclaje más cercano a la salida del tribunal.

- ¡Espera! ¡Pero y mis galletas! ¡¿Quién pagara por mis galletas?! ¡Nada de eso tiene sentido! ¡¿Quién se hará responsable del vacío culinario en mi bella cocina recién pintada?! ¡Mis pobres galletitas! ¡Mis pobres galletitas destruidas por un cerdo ajeno a mi hermosa persona! ¡Quiero justicia! ¡Justicia galletera! - Reclamó Grodo gritando y sobre gesticulando como de rutina.

- ¡No tengo idea de lo que estás hablando! Pero estoy segura de que puedes arreglártelas con el sujeto del frasco. Así que, ¡los dejo! - Pigkua se retiró del salón, cerrando la puerta a tiempo, antes que una bomba sónica de reclamos invadiera el lugar.

Cuando hubo abandonado para siempre el juzgado, lo último que alcanzó a escuchar fue una lluvia de quejas que vendrían de su antiguo cliente… No particularmente para arreglar el tema de las galletas, si no porque el tipo del frasco (y su amigo) igualmente habían desaparecido.

De vuelta en su casa, Pigkua se contactó por teléfono (o pudo ser por fax) con una grúa del tamaño de un edificio (o podría ser de un rascacielos) para que se llevase su lujosa mansión a la caridad, a quienes se la regaló y que esperaba que le dieran un buen uso.

- ¡Tiene de todo adentro! ¡Muebles! ¡Televisores, cientos de ellos! ¡Joyas! ¡Vestidos y trajes! ¡Autos último modelo, económicos, catalíticos, deportivos y holgazanes! ¡Tres piscinas! ¡Un jacuzzi! ¡Y todo lo que cualquier cerdo quiera tener! – Decía ella recitando el inventario ante el representante de la caridad, quien apenas le prestaba atención, pues había una deliciosa pelusa esperándolo en la oficina. - También viene con gnomos de jardín y pupsies en los arbustos del frente. -

El tipo de la recepción no tenía idea de qué decir, por lo que solo logró formular una simple frase:

- Meeeeeeeee… Eeeeeee…. ¿Me puedo quedar con un gnomo de jardín? -

- Sí… ¡Así es! – Terminó Pigkua felizmente, arrojando el inventario para luego saltar de felicidad, alejándose de aquella opresiva construcción.

La grúa se llevó la lujosa propiedad con rapidez (no se fuese a arrepentir la dueña después). Lo último que Pigkua supo de sus antiguas pertenencias fue un “KRUNK” que provino del garage cuando la grúa giró en la esquina de la cuadra… Al parecer se la había olvidado colocar el freno de mano a uno de sus autos.

Con el dinero restante, compró el mejor traje de buceo que logró conseguir, aletas, un transformador de aire (una maquina proveniente de “la caja de cartón metafísica” que puede transformar el agua en aire respirable), un par de paraguas y un par de tijeras para redes de pesca. Era irreconocible de cómo había entrado a la tienda… Tal vez no por el traje… Pero sí por la increíble cara de felicidad y emoción que ahora portaba con orgullo.

Se dirigió a su playa favorita, las de las palmeras torcidas de cocoteros, obviando durante todo el trayecto las miradas confundidas de los cerdos que decían: “¿Y ella qué? ¡Se volvió loca!”.

Una vez en la playa dijo a los aires a través de su gran casco burbuja. A todo el amplio mar.

- ¡He llegado, gran azul! ¡Y prepárate! ¡Que aquí está Pigkua, la cerdita oceánica! ¡Lista para cumplir con su sueño y su misión! -

Con un salto olímpico envidiable (8,5/10, se desvió un poco al entrar), la nueva defensora de los mares libres se adentró en el infinito mar, para comenzar una nueva vida debajo de las olas.

Cuando ella hubo desaparecido de la vista de todos, y los incrédulos se hubieran dispersado; oculto entre los arbustos, un vagabundo de sombrero negro con mucho orgullo en los ojos se despidió en silencio de Pigkua, deseándole suerte en su causa y una dichosa nueva vida.

FIN

STORMER

Pigkua nada en el Mar
Flecha izquierda
Flecha derecha
Meme de cartel de velocidad máxima
Cómic de cerdo en pantalones cohete Cómic de cerdo en pantalones cohete
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