Érase una vez: Un Cerdo Aviador
Era veloz… Sí, así lo describieron… Se decía que podía cortar las nubes pilotando cualquier objeto volador… ¿Aeroplano? ¡Pero claro que sabía manejarlo! ¿Helicópteros? ¡Antes de nacer los conducía! ¿Dirigibles? ¡Hasta volteretas hacía con ellos en sus tiempos libres! Por lo que, después de escuchar su interesante currículum, no es de extrañar que le haya desconcertado la siguiente misión…
- ¡¿Publicidad?! – Exclamó el piloto.
- ¡Así es! - Aclaró la jefa. – Nos estamos quedando sin presupuesto y necesitamos que ocupes uno de los aviones con una pancarta del “club mar-ereo” para poder obtener más clientes… -
- Y supones que eso funcionará… - Respondió el aviador frustrado.
- ¡Venga ya! ¡Hay que intentarlo! ¿O prefieres que pase lo de la debacle del “734”? – Insinuó la jefa.
- Madre de todas las hélices… NO… - Se espantó el volador.
- Entonces, ¡sal a volar y búscame clientes! – Terminó la jefa echando de un portazo al aviador de su oficina.
En el hangar, el piloto revisó su aeronave, un viejo monoplano de pistón. Se aseguró que estuviese en condiciones para enfrentar el clima de la cordillera, y considerando que se encontraba el océano demasiado cerca de la ubicación designada para la publicidad, le añadió la extensión de flotadores para poder acuatizar.
- El plan es sencillo: Llegar a la ubicación y soltar el cartel para que el viento lo extienda… ¡Pan comido! Y luego de eso… ¡Volteretas! – Se decía mientras despegaba.
Una vez que se encontró a 1000 pies de altura y los parámetros estaban estables, tiró de la palanca para extender el cartel y… ¡RIIIIIIIP!
El cartel se partió en dos, dejando el mensaje incompleto para los habitantes de la ciudad, quienes solo lograban apreciar “Club Ma…”.
- Club Ma… ¿Qué clase de club es ese? – Se preguntó un vidente desde tierra.
- ¡No es obvio! ¡Club Ma-dre! ¡Inscríbanse en el club para madres! ¡Aún hay cupos! – Gritó por los aires la dueña del club de madres…
El piloto acuatizó y se dirigió al muelle, donde descolgó el cartel y se lo llevó al “confeccionador de carteles local”.
- Viejo, es lindo, pero… Este cartel no sirve… - Dijo el piloto mostrando la única mitad del cartel que le quedaba.
- Mmm… - Murmuró el impresor – Descuide Sr… Le daremos otro… A precio rebajado… -
Una vez que estuvo listo, el piloto lo enganchó una vez más a su avioneta, despegó entre las aguas turquesas del mar, y cuando estuvo a la altura necesaria tiró una vez mas de la palanca, solo para escuchar una vez más un “RIIIIP” que le auguraba que debía volver a tierra.
Así continuó el jueguito de los carteles por toda la tarde… Despegaba su avión, tiraba de la palanca, se rompía el cartel, aterrizaba, le reclamaba al impresor, obtenía un nuevo cartel a precio cada vez más rebajado y despegaba solo para repetir el ciclo… Y en el proceso darle publicidad gratis al club de madres...
- ¡Esto es ridículo! ¡Cómo pueden hacer carteles de tan mala calidad! – Gritó frustrado el aviador mientras llegaba al muelle en la bahía… Otra vez… - ¡¡¡Esto merece saberse!!! ¡Es intolerable! -
Por lo que, esta vez, compró una gran lona; con una brocha gorda agregó grandes letras, y una vez que estuvo seca la pintura, la amarró muy bien a su avión y despegó una vez más dirección al cielo.
A los típicos 1000 pies de altura, tiró de la palanca y la pancarta se reveló ante la ya poco impresionada población:
“¡Que no te timen!¡los carteles locales son de...
¡RIIIIP!
El cartel se partió en dos.
FIN
STORMER